Tenía que cruzar
aquel valle para llegar a su destino, no había ningún otro camino para llegar.
Varias veces lo había intentado, pero en medio siempre se presentaba aquel gigante
que su paso obstruía.
Trató de eludirlo, trató de burlarlo; hizo aquel
intento por años sin lograr poder salir. Mientras en sus confines permanecía,
todo apacible estaba, jamás el gigante salía de aquel valle, que él tenía que
atravesar.
Una mañana decide intentar lo que por años era un
rito ya. Empero, en esta salida su determinación era diferente. Quiero salir y
lo tengo que lograr, aunque en aquel intento tenga que perecer. Porque no
viviré sujeto a una prisión, porque Dios me ha hecho libre y es lo que soy.
No sé de dónde procede ese gigante, no sé por qué
se empeña no permitirme salir, Cada intento está presente. Él hará su trabajo
de evitarme cruzar, y yo no me detendré hasta morir o aquello lograr.
Los obstáculos están, mas, no son la final
autoridad. Ellos no dictan las leyes y mucho menos dueños de mi vida son o
serán.
Inicia el camino hacia el valle, ese mañana soleado
y tranquilo, llegado al valle busca el encuentro, sin embargo, no hay rasgos
del gigante. Se detiene, mira alrededor un tanto temeroso, pero con
determinación. Mientras avanza todo luce tan placentero, es de ello salir o en
ello quedar. Por años este ha sido el intento y finalmente aquí estoy, tratando
de hacer lo imposible para el encuentro con mi verdad. Y mientras camina,
nostalgia se avecina, tristeza lo acompaña y felicidad está, empero, un tanto
distante. Todo en silencio mira el lugar dejado de lejos, se detiene y expresa,
no lo entiendo. Por años he querido hacer esto y no he podido. Ahora libre de
lograrlo y heme aquí pensando en lo que estoy abandonando, ya no considerando
lo que podré alcanzar.
Cruzar el valle no tenía obstáculos, el gigante
solo era mis temores, dudas; y estando en el valle despiertan consideraciones.
¿Debo proseguir o debo retornar? ¿Por qué ahora me
acompaña indecisión? Decide regresar, y a su regreso estima aprecio. Ni una
onza de rechazo encontró, ni reclamos. Y allí donde siempre estuvo floreció,
porque ya no buscaba salida, sino atender todo con el celo apropiado e interés
requerido para ver prosperar lo que a su encargo Dios le había entregado.
De lejos le pareció ver una sombra que se alejaba
moviendo su mano en despido. Los viejos temores, confusiones, ya en aquella
vida no tendrían cabida.
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