Si hiciéramos un
desglose o separación en sílabas de la palabra, es como si esta nos presentara
o sugiere el siguiente escenario.
a. “per” (prefijo) – algo
perdido, extraviado de la posición o del bien que se tenía; caído en fuertes
corrientes imposibles de recobrar. Al fondo de un lugar inaccesible de
alcanzar. Aquella deuda tan cuantiosa que no se podría saldar, no dejando un
centavo al deudor para continuar en su diaria existencia.
b.
“dón” (sufijo)– y en medio de aquello que no puede atender o restablecer por sí mismo
es alcanzado por un “don inefable”. Aquella liberación de una prisión causada,
rescate de una condición provocada, alcance de aquella luz en aquel abismo
interminable creado como resultado.
Lo perdido,
recibiendo oportunidad. La mano de rescate, la llave en posesión de Aquel que
sólo puede liberarnos, el cual nos mira y dispuesto está a concederla, y el
cambio está para ser recibido.
Lo perdido aún en el
lugar en donde no puede ser encontrado y resuelto, ya que aquello está para ya
no ser. Hubo implosión (devastación interna), la explosión se dio lugar; todo
en ruinas, valores perdidos, virginidad violada, vidas torcidas y más.
Empero, hay una sola
esperanza para liberar, volver a recobrar lo que ya nunca sería; lo inservible
y desechado, aquello en escombros tanto interno como externo.
Hay una vía para que
todo pueda ser encontrado, para que los trapos de inmundicia sean limpiados,
saneados, lavados. Y todo aquello perdido y desechado pueda ser encontrado.
·
...porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar
lo que se habría perdido (Mateo 18:11).
Nada puede
localizarse en ningún lugar o estado en que no pueda por el Señor ser hallado.
Cuando se ha
transgredido alguna ley humana, jurídica, aquél ha abierto las puertas de la
prisión, y aun habiendo servido sus años de condena, sobre él permanecerá el
estigma, la marca del mal o error en que haya incurrido.
Cuando ha sido una
falta entre relaciones o áreas de trabajo, liderazgo, aquella persona ante el
cual o las cuales el error o mal fue hecho, disponen del otorgamiento de
proceder como a ellos mejor les perezca y con las implicaciones que esta sea.
Podría resultar en un
despido laboral, en el retiro de una amistad, una relación o compromiso
matrimonial en separación o divorcio, una disociación de cargo.
Y cuando todo aquello
ha caído al hondo mar de nuestra existencia e improbabilidad de resolver, si
hay un genuino arrepentimiento y entrega al Señor, todo aquello que justamente
ha acontecido debido a las faltas y acciones en las que se ha incurrido, se
presenta oportunidad aun para aquel que así se decida por el perdón, que no únicamente
restaura su vida física brindándole nuevas oportunidades, sin embargo, al igual
es librado, encuentra salida de la prisión eterna que sin el perdón de Dios así
sería para su alma.
Hay instancias en que
el perdón y la exoneración humana no serán encontrados u otorgados. Pero, el
más grande y vital para la eternidad lo concede el Señor, mas, ¿cuántos
realmente hacen uso de ello? De aquel perdón divino indispensable y vital para
toda vida, para que pueda volver al cause en donde siempre debió de estar, para
estar en paz o volver a la paz con su Hacedor.
El perdón tiene un
rostro triste y alegre,
Un sentir de gratitud
y de humildad,
Algo obtenido y
perdido;
Ya que en algo se
incurrió, para recibirlo.
Mas, admitido
encausa,
Librando del yugo
opresor,
Que ahogar quería al
caído,
Destruir quiso al
vencido.
Es haber llegado a la
orilla,
Después de haber
caído, en mar abierto,
No seguro si se
llegaría,
Sin certeza de que
recibiría,
Aquella oportunidad
deseada.
Pero insisten los
males,
Las grandes batallas
presentes;
¿Quién escucha,
recibe, persiste?
¿Librado fue? o
¿Prosigue, en las
vertientes de peligro?